jueves, 15 de noviembre de 2018

ESE CAMPO DE AMAPOLAS

Siempre repites que nunca mas y ese momento continúa sin llegar. Te dices una y otra vez que no puedes ni debes sentir con tanta intensidad mientras te lames las heridas. No encuentras el motivo por el cual te es tan difícil cambiar tu manera de vivir.

Y te levantas de nuevo con la certeza de que pronto volverás a caer y ya no sabes si es un vicio o se ha convertido en una automutilación emocial de la que no puedes prescindir.

Escuchas de nuevo esas mismas palabras una y otra vez en diferentes bocas y con distintas voces y que a estas alturas se antojan vacías por repetidas.

Y ya no sabes lo que es auténtico, lo que es verdad, lo que es sentido o amañado con el fin de lograr un objetivo fugaz y lleno de cinismo.

Tu mirada perdida, fija en algún punto de ese horizonte tal lejano donde en ocasiones parece que veas algo que se convierte en espejismo al instante te hace cada día más daño. Lloras, gritas, ríes y te derrumbas entre lodos y campos de amapolas. Analizas, piensas y sientes que eso debe de parar. No puedes más, no quieres poder más.

El agotamiento y el llanto te llevan a un sueño en el que descansas por fin y al despertar, de nuevo piensas que quizá ese nuevo día te traiga por fin el sosiego que necesita tu corazón, te lleve a ese campo de amapolas.

sábado, 3 de noviembre de 2018

OTRA PALABRA BONITA, FAMILIA

Hace unos días, una reunión familiar me trajo un montón de recuerdos. Miraba en silencio a mi alrededor escuchando las voces y risas de mi familia y pensando en lo que habían cambiando  nuestras vidas en todos estos años. Repasaba la edad de cada uno y me parecía mentira. Uno de mis primos me traía a la memoria a mi tío, su padre. Los mismos gestos, la misma manera de hablar y esa mirada irónica. Aquel hueco en la mesa, que ocupé yo, era el espacio de mi padre hacia apenas unos meses. Nuestros hijos habían dejado de ser aquellos niños que comían pizza y jugaban en la habitación a la PsP para convertirse en adolescentes y algunos de ellos ya tenían a su novia al lado. En una esquina, en sus sitios de siempre, los octogenarios. Sus miradas cansadas y sus gestos torpes me hacían recordar la vitalidad de otros tiempos.

Y allí estaba yo, sentada en la mesa de la cocina, con la espalda apoyada en la pared y las piernas cruzadas, encendiendo de nuevo un cigarro. Sonriendo. Con una melancolía que me hacía sentirme atrapada por momentos en aquellos tiempos en los que no faltaba nadie.

Mi infancia, mi niñez, mi adolescencia, mi vida... Siempre han estado unidas a mi familia, a tantos momentos felices, a comidas con debates interminables, a risas, a sentimientos que siempre me han producido esa sensación de orgullo y cariño hacia todos ellos.

Se acerca el final de este año y comienzo a pensar, a repasar todas las cosas que han ocurrido. Inevitablemente ninguna alcanza a ocupar el protagonismo de la pérdida de mi padre. 2018 será el año en el que una parte de mí se fue para siempre.

En unas semanas volveremos a tener otra celebración familiar y como siempre habrá un momento en el que me quede en silencio mirando a mi alrededor sentada en aquella silla de la cocina y piense que al final son ellos los que siempre me devuelven esa sonrisa cargada de amor.

sábado, 6 de octubre de 2018

ME VOY

El aleatorio me trae a Julieta Venegas con su “Me voy” y la canción se convierte en recuerdo. Ese que después de tantos años ya, hace que mis ojos se empañen. Esa canción es la que cantaba ahogada en el coche camino del sur aquel verano, la que se aprendió mi hijo sin saber lo que su madre sentía al escucharla.

https://youtu.be/y8rBC6GCUjg

Y recuerdo el valor que tuve entonces y es el mismo que me ha faltado después en estos años posteriores. El mismo que me hizo soportar tanto dolor y pensar que en algún momento vería la luz al final de aquel túnel que se antojaba infinito. Gasté tanto, trabajé la paciencia de aquella manera tan salvaje que mi interior quedó inmóvil y así ha permanecido hasta hoy.

Ese valor que me llevó a querer sentirme de nuevo, a desear que la ilusión, la mía, volviera a mi vida. El mismo que hizo que volviera a respirar hondo sin miedo, ese que logró que de nuevo mirara de frente mi camino, me dejó exhausta.

Y durante una mano de años he vivido con miedo y esa paciencia elevada a la enésima potencia que me ha impedido decir me voy cuando debería de haberlo hecho en más de una ocasión. Ese miedo convertido en necesidad y esa paciencia transformada en conformismo. Sin duda dos compañeros de viaje poco recomendables.

Aquel “me voy” me costó mucho y aún hoy me sigue costando y he entendido que el precio de cualquier otro nunca será mayor, por lo que escuchando de nuevo la canción he decidido reencontrarme con mi valor y establecer una distancia con mi paciencia. A partir de hoy me iré las veces que sean necesarias, sin miedos y con paso firme.

Aquel verano camino del sur y escuchando a Julieta decidí no volver a parar mi vida por nada ni por nadie. En ocasiones lo hacemos por y para nosotros, pero solo debe de ser para coger aire y continuar.

“No voy a llorar y decir que no merezco esto, porque es probable que lo merezca, pero no lo quiero”.

LO MÁS LEÍDO